Sobrevolant el cap de Creus
10 may 2012 0 comentarios Òscar Marín

Sobrevolar el cap de Creus y la bahía de Roses

Subir un rato al cielo para contemplar el mundo a vista de pájaro es una experiencia que habría que probar una vez en la vida. El deseo es fácil de cumplir en el Alt Empordà. Aquí se encuentra uno de los aeródromos más importantes del mundo en cuanto a la práctica del paracaidismo se refiere (se realizan más de cien mil saltos cada año) y se organizan plácidos vuelos en avioneta a partir de la primavera. La belleza del Empordà, alabada por escritores y pintores, es comparable a la de otros territorios mediterráneos míticos, como la Provenza y la Toscana: se puede disfrutar de paisajes extraordinarios, de campos y bosques, playas, pueblos medievales, casas rurales con encanto y una gastronomia de calidad, y tener este conjunto de atractivos a nuestros pies es un placer que pone la guinda a cualquier escapada.

Vista panorámica del Parque Natural del Cap de Creus

Al llegar al aeródromo de Empuriabrava me sorprendió la gran actividad que se respiraba. Ante la cafetería llena se extendía la pista, en un extremo de la cual los participantes que se habían inscrito en los saltos en paracaídas repasaban el material antes de despegar y recordaban, con un instructor, las medidas de seguridad básicas. En los campos cercanos aterrizaban hombres y mujeres que bajaban del cielo con los paracaídas abiertos, solos o en tándem (acompañados por un monitor), al mismo tiempo que un avión despegava. A lo lejos descendía una avioneta, con la que yo volaría minutos más tarde.

A vista de pájaro

Para subir a una avioneta no se requiere experiencia ni conocimientos previos, tan solo ganas de hacerlo. Si estáis acostumbrados a viajar en avión, el momento del despegue no guarda ningún secreto. El vehículo toma velocidad y empieza a ascender con gran facilidad, gracias a su ligereza. Lo primero que sorprende de este viaje es la trama de canales de la urbanización de Empuriabrava, un laberinto de agua, tejados y piscinas, una pequeña Venecia al estilo “ciudad de vacaciones”. Con un giro, sobrevolamos la población de Roses y, poniendo rumbo noreste, vemos aparecer el gran lomo rocoso del cap de Creus, el extremo más oriental de la península Ibérica. Frente al mar se extienden las casas blancas del pueblo de Cadaqués, donde el pintor Salvador Dalí pasó muchos veranos desde su juventud. A Dalí tal vez le hubiese gustado ver su refugio pictórico, situado en la bahía de Portlligat, desde un pájaro metálico como el nuestro. Hileras de chalupas y barcas amarradas cerca de la playa jalonan el litoral y el rastro de lanchas y veleros invita a contratar alguna salida por mar en la Estació Nàutica de Roses-Cap de Creus antes de emprender el regreso a casa.

La playa de Empuriabrava

La avioneta describe un círculo hacia el oeste sobre El Port de la Selva y gira en dirección sur, allí donde se abre la gran bahía de Roses, antes de volver al aeródromo. La vista sobrevuela la bahía, que presenta tres colores intensos: el azul del mar, el blanco de la arena y el verde del Parc Natural dels Aiguamolls de l’Empordà, área protegida llena de lagunas y estanques luminosos donde habitan numerosas aves acuáticas. Estas marismas están vigiladas de cerca por los canales y los chalés de Empuriabrava. A vista de pájaro, uno se da cuenta de las verdaderas dimensiones de la huella humana.

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